¿Cómo empezar a comer con sentido?

Hoy me siento feliz. Casi diría que como una niña con zapatos nuevos que corta la cinta inaugural de un espacio que, poco a poco, se irá llenando de ideas útiles y saludables que espero – y deseo – te resulten útiles en algún punto de tu camino.

Si has leído un poquito acerca de mí, sabrás que no como animales ni nada que provenga de ellos. Recuerdo que justo en el momento en que las frutas, verduras, hortalizas, semillas, frutos secos y legumbres se apoderaron de la nevera y de las estanterías, mi relación con los alimentos vegetales cambió por completo. Fue como la reconciliación de mi parte más compasiva con los seres vivos y un paso adelante hacia el mundo vegetal.

A medida que iban pasando los meses, hallé en la cocina el lugar perfecto para la creación de salud sin necesidad de utilizar ingredientes animales. Pero la cosa fue más allá: cada vez más, empecé a aplicar el sentido común en los alimentos que todavía consumía. Gradualmente, dije adiós a un sinfín de productos que sabía que no podían hacerme algún bien e introduje alimentos cada vez más limpios, completos y naturales en mi dieta.

A día de hoy, me mantengo fiel a esta fórmula verde y libre de crueldad porque sencillamente me funciona y encuentro que es la que tiene una repercusión más bondadosa con el entorno.

Sin muchos más preámbulos, permíteme que estrene este lienzo en blanco con un manifiesto a favor de tu salud, de los tuyos y del planeta entero. Con estas sensatas pautas me gustaría acercarte a una nueva manera de hacer las cosas, de comer sano, bonito y sobretodo, invitarte a descubrir que una vida sin crueldad y de amable convivencia con el medio, es más que posible. ¿Vamos allá?

Apuesta por la comida real

La calidad que te pueden aportar alimentos puros o cocinados por ti, es incomparable.

Dar la espalda a aquello que sabemos que no es bueno, o al menos intuimos que no nos hace nada de bien, es primordial. Digamos que el cuerpo entiende muchísimo más el código de un alimento sin procesar que el de uno que haya sido tratado hasta el extremo de perder su esencia e integridad. Y con esto me refiero a las bebidas endulzadas, comidas preparadas o productos refinados como harinas y azúcares blancos, entre otros muchos. No creas que por no utilizarlos, tus platos vayan a ser menos sabrosos o carezcan de dulzor, para nada. Las alternativas que descubrirás cuando les des portazo, son abundantes y muchísimo más saludables.

Come cuando tengas hambre y bebe cuando tengas sed

Escucha a tu cuerpo que es, de lejos, el más sabio de todos. ¿Tienes hambre verdadera o el hambre te tiene a ti?

Come y bebe según tus necesidades reales: sé de buena mano que vivimos en la sociedad de abundancia donde la comida está por todas partes y se puede encontrar a todas horas pero sí, querido lector/a, hay que saber escucharse para encontrar el propio ritmo. La abundancia mal gestionada da lugar a la sobrealimentación, un problema real en el día a día de los países ‘civilizados’.

Y por último pero no menos importante, no te olvides de lo que dijo Hipócrates: “Bebe tu comida y come tu bebida“.

Come estacionalmente y variado

De algún modo, hemos dejado de ir al compás de lo que la tierra nos produce. Comemos naranjas en verano y tomates en invierno cuando en realidad cada alimento ha sido diseñado naturalmente con un propósito y una función sobre nuestro cuerpo según las necesidades que nos indique la estación en la que nos encontremos.

Los productos que han crecido en invernaderos carecen de gusto y no tienen el mismo aporte nutricional que uno acorde al tiempo. Fíjate en los colores y texturas que cada fruta, verdura y hortaliza tiene en cada momento e incorpóralos a tus platos a modo de arco iris cromático a lo largo del día.

Di sí a los alimentos de proximidad

El punto anterior me lleva a pensar que comer local es lo más sensato. Mira a tu alrededor: tienes la gran fortuna de vivir en un hábitat generoso que produce una gran cantidad de frutas, verduras, hortalizas, legumbres y semillas locales.

En cambio, si consumimos ingredientes muy lejanos, la huella y el impacto ecológico que se ha generado para traerlo hasta aquí, resulta enorme. En tu próxima compra, interésate por el origen del producto que quieras adquirir, al menos para ser consciente de dónde proviene, la implicación humana y en qué condiciones ha crecido. Una vez sabiendo esto, estará en tus manos consumirlo o no.

Lo integral mola

Los alimentos en su estado natural son los más completos. Si los procesamos o los refinamos, tanto su vitalidad como la fibra, las vitaminas, proteínas o los minerales contenidos, se ven afectados y modificados. Por ese motivo, es interesante que éstos sean de carácter ecológico – en medida de lo posible – para evitar ingerir cualquier tipo de pesticida remanente en su cáscara o piel.

Ingredientes tan orgánicos como tú

Si tuvieras un huerto propio, ¿echarías químicos a tus tomates, calabazas o hierbas aromáticas como la albahaca? Es más que posible que tu respuesta sea no.

Es curioso como la agricultura convencional, la de toda la vida, ha pasado a llamarse orgánica cuando en realidad el término distintivo debería ser el de agricultura con pesticidas. No nos engañemos, los alimentos orgánicos huelen mejor, saben mejor y son más nutritivos.

Y por favor, no compres alimentos genéticamente modificados, el engañabobos de una industria que se cree más sabia que la mismísima naturaleza.

Respeta a los animales

Somos los herederos de millones y millones de años de vidas exitosamente vividas y adaptaciones victoriosas a condiciones extremas y cambiantes en el mundo natural. Pero no acabamos de ser del todo conscientes que este ‘milagro viviente’ con el que compartimos ‘casa’, exige nuestro respeto más honesto.

Hago una llamada a la compasión, a esa chispa infinita de bondad con la que todos nacemos. Somos buenas personas, o al menos eso nos gusta creer y los seres vivos con los que coexistimos no se merecen, en absoluto, el trato que le estamos dando.

Estamos rodeados de mitos cuestionables que nos distraen y no nos permiten pensar con claridad acerca de qué es lo más conveniente para nosotros y para el planeta al que hemos ido a parar por pura carambola cósmica.

No pido que ‘te conviertas al veganismo’ en un acto de fe ciega porque la señorita Green Sandra te lo diga, Dios me libre. Tan solo quiero que te informes, investigues y consultes con otras personas para extraer tus propias conclusiones. La información es poder y aunque pueda sonar algo trillada, sigue siendo una afirmación muy válida en los tiempos de comunicación que corren. Verás que nada es lo que parece y comprenderás entonces que, una vez conozcas la realidad de las aberrantes prácticas cometidas, te cuestionarás si quieres seguir formando parte de algo que promueve tanto sufrimiento.

Porque el veganismo no es la dieta del año ni una moda finita sino que es un estilo no egoísta y respetuoso de vida; una forma de cohabitar con el mundo y que pretende hacer el menor daño posible. ¿Quizás un día sin carne? ¿Dos? ¿Ser vegetariano entre semana? ¿Comer menos lácteos y derivados? Pronto verás que no sólo tu salud se verá beneficiada: tu huella y tu impacto como ser humano en relación a tu entorno, se verá reducida increíblemente. Y te sentirás bien, muy bien.

Y como no todos somos iguales, rodéate de personas y profesionales que puedan aconsejarte nutricionalmente según tus necesidades.

Línea

Quiero acabar este manifiesto convencida de que tu intención de cambio aplicada con constancia, acabará por generar ese hábito saludable que tanto te gustaría ver en ti.

Pero ojo, las prisas no son buenas consejeras por lo que ves a tu propio ritmo. Ten en cuenta que con cada pequeño paso que des, estarás más cerca de disfrutar de una existencia más plena y beneficiosa en conjunto.

Te animo pues a conquistar tu libertad en las elecciones personales: hoy siempre es un buen día para empezar a convivir de una forma respetuosa, congruente y más verde. Reclama tu soberanía alimentaria.

Empezamos…